lunes, 16 de octubre de 2017

Pautas para el comentario de texto


En el esquema de comentario de texto que vamos a utilizar para el análisis de algunos fragmentos de textos filosóficos hay que distinguir los siguientes elementos:

1. El problema o tema (también contexto o situación) del que se habla en el texto.

En vuestro caso, sería recomendable hacer primero una breve alusión a la obra a la que pertenece el fragmento que tendréis que comentar, y después especificar el tema o problema general sobre el que se habla, y que puede ser reconocido porque, normalmente, se deja formular a modo de pregunta. Por ejemplo, el tema del texto puede ser el de la naturaleza del conocimiento, que se traduciría en la pregunta: ¿en qué consiste conocer? No hay que olvidar que los textos filosóficos se plantean por lo general como respuesta a problemas sobre los que los autores reflexionan y que intentan resolver, por más que el problema no tenga que aparecer formulado como tal en el texto.


2. La/s idea/s o tesis que el autor defiende, y que consistiría/n en la respuesta que el autor da al problema que plantea en el texto. Por ejemplo: a la pregunta ¿qué es conocer lo inteligible?, Platón responderá defendiendo la tesis de que "conocer es recordar", teniendo en cuenta que se refiere al conocimiento de las ideas -el conocimiento propiamente dicho frente a la mera opinión-, cuyo recuerdo despierta al contacto con las cosas sensibles.

3. Argumentos -razones- que se dan para apoyar, avalar o fundamentar la idea o tesis defendida.

Por último, es recomendable terminar con una breve conclusión que cierre vuestro análisis, del tipo: "Es por medio de los argumentos expuestos como Platón defiende en este fragmento que el conocimiento de las ideas consiste en su recuerdo o anámnesis".

Sentido de la idea del bien



El problema sobre por qué Platón sitúa por encima de todas las ideas la Idea del Bien es un problema complicado y que excede los objetivos de este curso. No obstante, creo que este documento ayudaros a comprender un poco mejor, al menos desde cierto punto de vista, el sentido desde el cual se puede interpretar en Platón dicha Idea del Bien. Espero que os resulte fácil e inteligible:


Al comienzo del capítulo III del libro VII de la República, Sócrates le desvela a Glaucón las claves interpretativas del símil de la caverna, es decir, cómo debe éste entender cada uno de los símbolos que lo componen. La ascensión del prisionero fuera de la caverna representará la ascensión del alma hasta la región inteligible, donde se encuentran las Ideas. Entre ellas, la última que se alcanzará a percibir es la Idea del Bien, que Sócrates considerará razón de ser de las demás Ideas y fundamento de su inteligibilidad.

¿Qué significado cabe atribuir a tal posición de la Idea del Bien por encima de las demás Ideas en tanto causa de su ser y de su conocimiento? ¿Cómo podemos entender semejante prima-cía de la Idea del Bien?

Para responder a tales preguntas, debemos tener presentes al menos dos aspectos:
- En primer lugar, Sócrates señala que la contemplación de la Idea del bien resulta necesaria para aquél que “quiera proceder sabiamente en su vida privada y pública”.
- Por otra parte, ya en este capítulo se anuncia la exigencia, que será desarrollada en el siguiente, del descenso a la caverna de quien ya ha visto las Ideas, y entre ellas, la Idea del bien.

Estos dos factores muestran que, para Platón, el conocimiento de las Ideas en general y también de la Idea del Bien no tiene un valor por sí mismo. Por el contrario, su conocimiento queda al servicio de un objetivo práctico, a saber, ser capaz de actuar con sabiduría en el mundo visible, que es el único habitable, tanto en lo que se refiere a la vida privada como a su dimensión pública o comunitaria.

El conocimiento de las Ideas en general debe entonces servir para comprender e interpretar mejor el mundo visible, ya que tales Ideas son el fundamento ontológico y epistemológico de lo que vemos con los sentidos. Y si la Idea del Bien, como soberana del mundo inteligible, se encuentra por encima de las demás, es por su intrínseca conexión con la cuestión de la felicidad: la finalidad del conocimiento de la Idea del Bien radica en poder distinguir mejor, en el mundo visible, entre lo bueno y lo malo (pues precisamente el hecho de que hablemos de cosas buenas o malas es lo que puede llevarnos a presuponer que hay algo así como el Bien, en función del cual juzgamos como bueno o malo); y puesto que se considera bueno aquello que nos hace felices, aquello que puede procurarnos la felicidad, quien conoce la Idea del Bien tendrá mayores garantías de lograr esa felicidad buscada. Si se acepta además que la vida humana se desarrolla siempre en sociedad y que la felicidad al margen de ella es difícilmente alcanzable, quien ha visto la Idea del Bien sabrá también mejor qué tipo de organización política puede hacer felices a los hombres en general, esto es, de qué manera debemos organizarnos en comunidad para que queden garantizadas ciertas condiciones sin las cuales la felicidad resultaría impensable.

Así pues, el hecho de que la Idea del Bien gobierne el mundo de las Ideas en general adquiere el siguiente significado: para Platón, el valor del conocimiento depende en última instancia de la cuestión ética; dicho de otra manera: el esfuerzo del conocimiento cobra sentido desde la búsqueda de la felicidad, que sólo puede alcanzarse allí donde podemos diferenciar entre lo bueno y lo malo para el hombre, es decir, allí donde se conoce la Idea del Bien.

Ante esta formulación podemos también preguntarnos: ¿Hay una Idea del Bien? ¿Qué quiere decir eso de conocer la Idea del Bien? Trataremos en este caso de aportar una interpretación a la letra platónica (es decir, algo que explique o nos ayude a comprender la literalidad del texto de Platón):

Si bien las Ideas platónicas lo son de diferentes objetos, cuando se trata de valores éticos (Justicia, Bien, Templanza...) cabe interpretarlas en el sentido de ideales regulativos o modelos a los que tender, modelos tal vez nunca realizables –y que por eso quedarían situados en una esfera distinta a la del mundo visible– pero que cumplen una función de extrema importancia: los modelos actúan de criterio regulador para la acción, tanto individual como colectiva, y sólo cuando disponemos de tales modelos o ideales tenemos una instancia desde donde valorar o juzgar la realidad efectiva, las situaciones de hecho. Así, por ejemplo, la Declaración de los Derechos Humanos es un ideal o modelo que establece qué derechos debe tener garantizados todo individuo simplemente por ser humano. Y aunque tal vez nunca llegue a darse la situación real en que cada país los respete, es desde ese modelo desde donde cabe reivindicar su cumplimiento y criticar o denunciar aquellas situaciones reales en las que no son tenidos en cuenta. El mundo inteligible tendría, por tanto, una función rectora y reguladora del mundo visible.

Por otra parte, aplicando esta hipótesis hermenéutica al caso del individuo, cabría decir que la función de la educación estribaría en proporcionar modelos: quien ha sido educado posee modelos o ideas regulativas con las que regir su vida, con las que conducir su vida hacia la felicidad.

Otra cuestión que también cabe someter a interpretación es la de la función que se asigna en la República al filósofo como futuro gobernante de la polis. Por boca de Sócrates, Platón dice que el filósofo, aquél que ha sido educado para el conocimiento de las Ideas, debe asumir el gobierno de la polis. Y ello precisamente porque, al haber conocido gracias a su educación la Idea del Bien, podrá saber mejor que nadie donde reside el Bien de la polis y gobernar en consonancia con ello.

Aquí podemos pensar que, a través de la función atribuida al filósofo, Platón estaría reivindicando la necesidad de que toda forma de gobierno se encuentre regida por principios éticos (Idea del Bien), esto es, la exigencia de que la ética represente el principio máximo en lo relativo a la organización política si pretendemos que tal organización política contribuya a la felicidad colectiva. Así, el filósofo en cuanto gobernante personificaría precisamente esa función rectora de los valores éticos en lo que concierne a la organización política.

jueves, 5 de octubre de 2017

Modelo de examen tipo test - Psicología Tema 1

1. Las raíces de la psicología son:
a) La medicina y la historia.
b) La filosofía y la fisiología.
c) La psiquiatría y el psicoanálisis.

2. La división entre actos voluntarios e involuntarios fue realizada por primera vez por:
a) Wilhelm Wundt.
b) René Descartes.
c) Charles Darwin.

3. ¿A quién se atribuye haber fundado el primer laboratorio de psicología del mundo, en 1879?
a) Wilhelm Wundt.
b) William James.
c) Sigmund Freud.

4. ¿Quién de los siguientes autores es el fundador del funcionalismo?
a) Wilhelm Wundt.
b) William James.
c) John Watson.

5. Una de las aportaciones de la psicología cognitiva es aceptar que entre estímulos y respuestas inter-vienen:
a) Procesos que transforman la información de los estímulos.
b) Procesos oníricos.
c) Procesos alucinatorios.

6. ¿Cuál es el objetivo principal de John Watson y el conductismo?
a) Estudiar la complejidad del ser humano.
b) Orientar la psicología por el camino de la objetividad.
c) Lograr la unidad de la psicología.

7. El método hipotético deductivo consiste en:
a) Ir de lo particular a lo general.
b) Ir de lo general a lo particular mediante la aplicación de las reglas lógicas.
c) Compaginar la deducción de las consecuencias de las hipótesis con su confirmación en la experiencia.

 8. La búsqueda del sentido de la existencia y de los valores humanos son aspectos fundamentales para el ser humano según:
a) El psicoanálisis.
b) La psicología de la Gestalt.
c) La psicología humanista.

9. La psicología se ocupa principalmente del estudio y tratamiento de los trastornos y enfermedades mentales y conductuales.
a) Cierto.
b) Falso.
c) Cierto en el caso de la psicología general.

10. ¿Qué área no pertenece a la psicología básica?
a) Psicología educativa.
b) Psicología social.
c) Psicología experimental.

11. La Psicología evolutiva estudia:
a) Las diferencias individuales.
b) Las personas adultas.
c) Los cambios de los procesos psicológicos en la vida del individuo.

12. Los métodos más importantes de la psicología son:
a) Intuición e inducción.
b) Observación y experimentación.
c) Ensayo y error.

13. En la observación de una conducta se denomina latencia al:
a) número de veces que aparece la conducta.
b) tiempo transcurrido entre un estímulo y la aparición de la conducta
c) fuerza con que ocurre la conducta.

14. Comparados con la observación directa, ¿qué ventaja fundamental tienen los test o cuestionarios?
a) Rapidez.
b) Objetividad.
c) Profundidad.

15. El estudio de casos consiste en:
a) La puesta en relación de diferentes casos clínicos
b) La comparación y extracción de conclusiones de test psicológicos.
c) Un interrogatorio flexible en el que el entrevistador formula preguntas al paciente.

16. Poder establecer relaciones causales en una investigación psicológica se relaciona con:
a) La observación natural.
b) Las encuestas.
c) Los experimentos.

17. ¿Cuál es el término correcto para describir a 300 mujeres a quienes los investigadores interrogan para descubrir su actitud ante el aborto?
a) Muestra representativa.
b) Muestra.
c) Muestra al azar.

18. ¿Qué nombre reciben las explicaciones de los hechos observados que después son sometidos a verificación?
a) Conceptos.
b) Teorías.
c) Hipótesis.

19. Una psicóloga está investigando si el hacinamiento reduce la tolerancia a la frustración. ¿Cuál es la variable dependiente (VD) en este caso?
a) Temperatura ambiental.
b) Hacinamiento.
c) Tolerancia a la frustración.

20. La ética de una investigación psicológica (por ejemplo, la confidencialidad) implica:
a) Cómo se elige a los sujetos.
b) Cómo se trata a los sujetos.
c) Cómo se manipulan las variables.

21. Frente al estructuralismo, el funcionalismo defendió que:
a) Todas las funciones del ser humano son de interés para la psicología.
b) Que la mente carece de todo tipo de estructuras.
c) Las dos respuestas anteriores son falsas.

22. La psicología:
a) es una ciencia muy antigua, cuyos orígenes se remontan a la Grecia clásica.
b) es una ciencia que no tiene un lugar claro entre las ciencias naturales y las sociales.
c) las dos respuestas anteriores con verdaderas. 

Salidas profesionales de la psicología



En este enlace podéis acceder a un documento sobre las salidas profesionales de la psicología.

Y en este otro podéis encontrar el plan de estudios del grado en Psicología de la Universidad Complutense de Madrid. 


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lunes, 2 de octubre de 2017

Teoría de las ideas de Platón



Para quien quiera profundizar un poco más en la teoría de las ideas, os voy a dejar hoy un par de textos.

El primero aborda el sentido mismo de la teoría de las ideas, es decir, el por qué Platón, como filósofo griego, pudo plantear eso que después se conocería como la teoría de las ideas. Ahí va:


1.

Tratemos de hacer algo más razonable e inteligible eso que la tradición nos ha transmitido como la “teoría de las ideas de Platón”:

Platón concibió el ser con el concepto de eidos, del cual provendrá el término idea. ¿Y qué significa eidos? Eidos quiere decir “aspecto” y tiene la raíz de un verbo que significa “ver”. Pero ese “aspecto” o “figura” como el que algo se me muestra debe pensarse aquí como el conjunto de notas características constitutivo de algo, propio de algo, y equivalente a su esencia o “qué es”.

El eidos es, por tanto, lo que da respuesta a la pregunta por el “qué es” de algo, por aquello en lo que consiste esencialmente algo. Cuando me topo con algo puedo decir diversas cosas para determinarlo: es rubio, es marrón, está sentado, huele bien..., pero hasta que no he dicho “qué es” ese algo, es decir, cuál es su esencia o eidos, todavía no sé qué es aquello que tengo delante. Pues bien, lo que responde a la pregunta por el “qué es” y constituye, en consecuencia, el eidos de algo, son determinaciones del tipo: “esto es un caballo”, “esto es un hombre”, “esto es un semáforo”. Caballo, hombre y semáforo son eide (plural de eidos), que determinan, respectivamente, el ser de aquello que al presentárseme identifico como caballo, hombre y semáforo.

El eidos hombre estaría, por ejemplo, compuesto por las siguientes notas: “animal racional mortal”. Tales notas son las características que aquello que está frente a mí debe necesariamente cumplir para que yo pueda decir que es tal o tal cosa, en este caso, un hombre; dicho de otra manera: las condiciones que necesariamente tiene que satisfacer para poder atribuirle un ser determinado, en este caso, el “ser hombre”.

Supongamos ahora que nos tropezamos con un caballo y decimos “Esto es un caballo”. Ahora bien, ante esto con lo que nos hemos tropezado podemos preguntarnos: ¿le pertenece verdaderamente el eidos caballo, el “ser caballo”? Si le perteneciese propiamente el “ser caballo”, entonces, el tal “esto” no podría dejar algún día de ser caballo, y sabemos que esto no es así. También sabemos que hubo un tiempo en que todavía no era caballo. Puesto que el caballo con el que me he tropezado ni ha sido siempre caballo ni lo será eternamente, es como si el “esto” al que llamamos caballo sólo tuviera el eidos “caballo”, el “ser caballo”, de prestado, por algún tiempo, pero no para siempre.

Pero si ser algo significa tener un eidos determinado (recordemos que ser equivale a eidos) y el caballo que tengo frente a mí sólo de prestado tiene el eidos que le corresponde, entonces, esto que tengo frente a mí no “es” propiamente; ni tampoco ninguna de las cosas que nacen y mueren, porque a ninguna de ellas les pertenece para siempre, eternamente, aquello que las hace ser, que es el eidos.

Si de nada de lo que nace y muere podemos decir propiamente que “sea”, ¿de qué podemos decir propiamente que es? Solamente del eidos mismo, que sigue teniendo validez, sigue “siendo” aunque este caballo o aquel o el de más allá desaparezcan.

Vemos que ha ocurrido aquí una transformación: lo que decíamos que era el ser de algo, por ejemplo, el ser de la cosa que tengo aquí delante, que era su “ser caballo”, se ha convertido él mismo en una cosa que es, y es más, en la cosa que verdaderamente “es” porque ni nace ni perece. Pues bien, el eidos así pensado, ya no como el ser de una cosa, sino como aquello que verdaderamente es, como “la cosa” o el “ente” que verdaderamente es, a esto es a lo que usualmente se le llama la idea.

De esta manera, podemos decir que la cosa que vemos y tocamos, el caballo que tengo delante, o el hombre que tengo delante, solamente es en la medida en que posee, temporalmente, la idea de caballo, o como dice Platón, en la medida en que participa, imita o copia la idea de caballo, que es la que verdaderamente es. Por otra parte, frente al individuo caballo, la idea caballo presenta la superioridad de valer para todo caballo posible, pasado y futuro, y por tanto, la de ser universal.

¿Se puede decir de las ideas que existen? No, en el sentido de que no están en ninguna parte, y si estuvieran en alguna parte, entonces ya no serían ideas sino cosas con una realidad sensible (que podríamos situar en el espacio y el tiempo, ver tocar...). Y las ideas tampoco están en la mente. Para comprobarlo hacemos el siguiente experimento: tratamos de imaginar la idea de caballo. Sin embargo, invariablemente, lo que imagino es siempre un individuo concreto, con unas características peculiares que no pertenecen a la idea misma de caballo y no la idea de caballo; ésta es inimaginable en tanto tiene que estar desprovista de tales caracteres singulares correspondientes a los individuos concretos. Además, sólo porque no existen tienen validez absoluta, es decir, independiente de todo hecho.

¿Qué es entonces lo que Platón llamó ideas y más tarde se denominarían “determinaciones universales”? Pues lo que nosotros llamaríamos conceptos, como el concepto de mesa, de silla, de hombre o de caballo. Tales conceptos o ideas platónicas no son sensibles porque no se perciben, no se alcanzan con los sentidos: no se pueden ver, tocar, oler, ni tampoco imaginar o dibujar. El reconocimiento de que tales conceptos o ideas tienen una naturaleza diferente a la de las cosas que percibimos con los sentidos o cosas del mundo sensible es lo que habría llevado a Platón a postular un “mundo de las ideas”.


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 El segundo texto es de Emilio Lledó, gran estudioso de la filosofía de Platón. Es un poco más difícil que el primero, pero creo que con un pequeño esfuerzo lograréis entenderlo y además está excelentemente escrito. Y bueno, Emilio Lledó es un verdadero maestro y me parece interesante que conozcáis de primera mano el modo en que expone él a Platón. Aquí tenéis su texto:


2. 


La teoría platónica de las ideas

1. Las ideas

Como hemos visto, esta famosa teoría, que se considera un típico descubrimiento platónico, encontró un adecuado escenario en el mito de la caverna. Sin embargo, en nuestras reflexiones sobre la historia de la filosofía, es importante preguntarnos, socráticamente, ¿por qué así?, ¿qué quiere decir esta teoría? Es muy posible que las respuestas nos lleguen desde la misma cultura griega.

Una de las grandes aportaciones de esta cultura fue su esplendor artístico. Muchas veces hemos admirado, en los museos, esas esculturas perfectas producidas por los griegos que parecen perseguir una forma suprema donde se exprese lo mejor, lo más acabado y completo de un ideal del que las formas humanas son imitación y reflejo.

Una tensión hacía la armonía parece fluir por esos maravillosos cuerpos. Una armonía que era como una especie de espíritu que sopla sobre el mármol. La palabra canon, entendida como regla de proporciones ideales, es un término que, desde los griegos, llega, hasta nuestros días. En la búsqueda de ese canon, existía, pues, el deseo de un todo, una estructura superior bajo la que lo real se organízase. El artista que esculpía su estatua andaba tras esa perfección que, de alguna manera, parecía estar ya, en contornos todavía confusos, dentro de él mismo.

También la matemática griega estuvo dominada por la idea de perfección. Así, el círculo era la línea más perfecta y su mayor pureza la alcanzaba en las órbitas de las estrellas. La geometría, tan admirada por Platón, constituye un buen ejemplo para su teoría de las ideas.

Efectivamente, los objetos geométricos son ideas —la del triángulo, la circunferencia, la línea— que no dependen de las múltiples «realizaciones» que de ellas encontremos en el mundo sensible:

"Creo que sabes que los que se ocupan de geometría, aritmética y otros estudios similares [...] se sirven de figuras sensibles, pero no pensando en esas figuras concretas sino en aquello a lo que se parecen, discurriendo, por ejemplo, acerca del cuadrado en sí y su diagonal, pero no acerca del que ellos dibujan." República, VI, 510c-e.

Esos dibujos son como un intento de aproximarse a la forma ideal «en su deseo de ver aquellas cosas en sí, que no pueden ser vistas de otra manera sino por medio del pensamiento».

2. La mirada

Con la teoría de las ideas se descubría un motor de gran dinamismo intelectual y no sólo porque iba a ser la fuente de un término y un horizonte de pensamiento tan usual como el idealismo. Pero éste, y otros conceptos parecidos, brotaron de una experiencia inmediata del mundo y de la vida. La idea era una forma de mirar viendo. Efectivamente, la palabra idea tenía una relación etimológica con verbos que significan ver. Idea es, pues, lo que se ve.

Mirar viendo quiere decir sabiendo lo que se mira. Si sabemos que eso que se acerca es un hombre es porque lo miramos como hombre. La realidad concreta que percibimos —una serie de colores y de formas— queda «idealizada», «vista», en esa palabra "hombre" que se alza desde el fondo de la lengua materna. Nos comportamos frente a él de una determinada manera, según sea conocido o desconocido, familiar o extraño. Pero de cualquier modo esa palabra que, como idea, sólo existe en el orden del lenguaje y el pensamiento, nos sirve para organizar lo real y, al mismo tiempo, para reflejar, o sea para reflexionar, para volver a pensar lo real.

Las ideas tienen, además de ese carácter universal, y, tal vez por ello, un rasgo peculiar. Al no estar complicadas en los detalles «concretos» con que se construye lo real, su ser es un ser abstracto y, en consecuencia, resultado de las variadas y múltiples «apariencias» bajo las que el mundo se nos hace presente. Por ello, aunque hemos dicho que idea es verdaderamente lo que se ve, el verse de la idea es una forma especial y sutil de ver. Un ver «interior» del que también tenemos experiencia diaria en nuestro lenguaje propio y en el pensamiento que lo alienta.

3. Palabras e ideas

El abstracto mundo de las ideas tiene, en principio, su «expresión real» en las palabras, y en ellas se refleja y proyecta lo que vemos y sentimos. Y ese reflejo —lo que las palabras significan— maneja el mundo de las cosas y va dejando en la consciencia el fondo de idealidad donde cuaja nuestra manera de ser y entender: nuestra personalidad.

Por eso, cuando Platón comienza en sus primeros diálogos a intuir ese mundo ideal, lo hace despertando las palabras, que, en cierto sentido, reposan dormidas en la mente de sus interlocutores. Y, al verlas, cuando las evocamos, procuramos situarlas en el marco de ciertas definiciones, que sinterizan lo más importante de sus oscilantes contornos. Precisamente por esa variabilidad, Platón descubre la riqueza de significados ocultos en el lenguaje; pero, al mismo tiempo, percibe también la necesidad de que esa diversidad alcance la «forma ideal» que mejor lo expresa, o, al menos, aquello que constituye el núcleo del que irradian todas sus posibles significaciones. Por ello, buena parte de los «diálogos» de Platón tiene que ver con los significados de las palabras.

4. Modelos de lo real

Pero las ideas no son sólo conceptos, más o menos generales, que sirvan para ordenar los diversos sentidos de las palabras, sino que son, además, fundamento y modelo del mundo real.

La experiencia de un mundo en continuo movimiento y cambio, tal como había sido expresado por Heráclito, debió de crear ciertas dificultades a Platón. Lo que fluye apenas puede pensarse. Los sentidos nos entregan del mundo imágenes móviles o imágenes, aparentemente estáticas, pero que también cambian: vemos pasar las nubes, la corriente de un río; pero también vemos la roca inmóvil, el árbol ante nuestros ojos, aunque sabemos que están sujetos a mutación y cambio. Tiene que existir un universo ideal, independiente de las cosas reales, y objeto de otro tipo de mirada distinta de la de nuestros ojos.

"Y de tantos y varios objetos decimos que se ven pero no se piensan, mientras que de esas formas inmutables, las ideas, se piensan pero no se ven en la realidad." República, 507b.

5. Los dos mundos

Hay, pues, dos mundos distintos: uno que cambia continuamente y que percibimos por los sentidos; otro que está libre del cambio. Este otro mundo inmutable sólo lo percibimos con el entendimiento, con «los ojos del alma» (República, 533d). Platón intuía con esta metáfora que todo el desarrollo del conocimiento tenía que fundarse en algo que estuviese libre de las mutaciones que nos mostraba el mundo real. Aristóteles, que, en uno de sus escritos, hizo una especie de revisión de los «primeros que filosofaron», ha expresado con claridad este problema: «Platón, desde su juventud, se había familiarizado con Crátilo, y con las opiniones de los partidarios de Heráclito, según las cuales todas las cosas están en flujo continuo y no es posible, por ello, un saber firme. Por otra parte, como era discípulo de Sócrates, que se ocupaba de problemas morales [...] buscando en ellos lo universal y siendo el primero que puso el pensamiento en las definiciones, Platón pensó que sus definiciones tenían que recaer sobre otros seres que los seres sensibles, porque ¿cómo dar una definición común de los objetos sensibles que mudan continuamente? A estos seres los llamó ideas, afirmando que lo sensible está separado de ellos y de ellos reciben sus nombres» (Metafísica, I, 987a30-987b).

La existencia de un mundo de las ideas distinto del mundo real planteó un problema muy importante que ha ocupado a filósofos y matemáticos hasta nuestros días: la posible independencia y objetividad de las estructuras formales sobre las que se construye una buena parte del saber científico.

6. Ideas y valores

La teoría de las ideas, que se vinculaba así a la concepción pitagórica de los números, como esencia del universo, gana en Platón un nuevo horizonte. Las ideas sostienen todo el fondo de valores éticos, de conceptos estéticos, que se enraízan en la mente y en el lenguaje —bondad, justicia, belleza, amor, etc.— y forman una parte importante de nuestra manera de entender la existencia. Sí hacemos frases como «esta escultura es bella», «este hombre es justo» o «este hombre es bueno», es porque hay en nosotros un fondo «teórico» que nos permite saber qué queremos decir cuando empleamos semejantes expresiones. Tiene que haber algo bello en sí, justo en sí, bueno en sí. Este en sí significa el ideal de esos conceptos; aquello que no depende de las múltiples proposiciones que podamos hacer al utilizarlos. Platón supone que la idea que hace posible tales proposiciones es un modelo del que participan las cosas y que se hace presente en el lenguaje con que lo decimos. Esa participación (methexis) es una forma subsidiaria e imperfecta de ser.

"A mí me parece que si existe una cosa bella, aparte de lo bello en sí, no es bella por ninguna otra causa sino par el hecho de que participa de eso que es bello [...] Así pues, si alguien me dice que una cosa cualquiera es bella, bien por su brillante color, o por su forma [...] tengo en mí mismo esta simple, sencilla y quizá ingenua convicción de que no la hace bella otra cosa quela presencia o comunidad en la belleza en sí". Fedón, 100 c-d

7. Participar

Este carácter de parte de una totalidad, como la idea, aproxima a los individuos y los enlaza en una tarea de superación. Sentir esa parte de la justicia, de la belleza o bondad que puede haber en nosotros, nos convierte en buscadores de un ideal en sí, que, en cierto sentido, se ejemplifica en la salida del prisionero. Si existe la idea de libertad, el prisionero de la caverna se ha sentido parte de ella, miembro de esa comunidad ideal y ha procurado realizarla. Ha ejercitado, pues, su derecho a participar en esa idea y a hacer suya esa parte que le ha sido asignada.

Las ideas ejercen también, como el eros, el amor, una atracción sobre nosotros. Aunque el eros parece pertenecer a un ámbito subjetivo y ejerce de motor que arranca nuestra actividad e impulsa la salida de nosotros mismos, se engarza también con las ideas que están, en principio, fuera de nosotros. Esa participación establece un vínculo que, en cierto sentido, nos ata a ese mundo inteligible. Una nueva forma de atadura, pero distinta del amarre en la sombra de la cueva.

Esta atadura en la luz muestra que el lado real y verdadero es el lado del conocimiento y el saber. Por eso, el amor que nos mueve a conocer, y las ideas de las que participamos y que son el horizonte de nuestro deseo de conocimiento, acabará llamándose filosofía, o sea, tendencia al conocimiento, pasión por las ideas. [El sentido de esta participación presenta dificultades que Platón expondrá en el Parménides, 130a]

8. La idea del Bien

En el fondo de esta idea apunta la fuente de la que se nutre también la inteligencia. El saber y la ciencia son frutos del Bien. Por eso, la verdad, lo mismo que la belleza o la justicia, son manifestaciones de la idea del Bien. ¿Qué podemos hacer sin el Bien? ¿Adónde llegaría el hombre si, a pesar de tantas contradicciones, no se hubiera descubierto ese horizonte donde alcanzan sentido sus actos? Es verdad que las interpretaciones del Bien pueden enfrentarse muchas veces; pero lo importante es haberlo sabido interpretar como una fuerza creadora de la existencia. Una de las características de esa idea es la de no necesitar presupuestos que la justifiquen. Es, pues,un verdadero en sí, ya que es el fundamento de todo ser, de todo entender. Algo así como la luz del sol. Sin ella no sería posible color alguno, ni diferencia alguna. La luz del Bien preside toda posibilidad de desarrollo en el hombre. Es el fin de todo orden. Un Bien que es opuesto al desorden, a la destrucción y a la muerte.

"Con frecuencia me has escuchado decir que la idea del Bien es el objeto del estudio supremo, a partir de la cual las cosas justas y todas las demás se vuelven útiles y valiosas. Y bien sabes que estoy por hablar de ello y, además, que no lo conocemos suficientemente. Pero también sabes que, si no lo conocemos, por más fue conociéramos todas las demás cosas, sin aquello nada nos sería de valor, así como si poseemos algo sin el Bien. ¿O crees que da ventaja poseer cualquier cosa si no es buena, y comprender todas las demás cosas sin el Bien y sin comprender nada bello y bueno?" República, 505a-b

Al ser, pues, el individuo, en muchos de sus aspectos, partícipe de las ideas, esa participación con la idea del Bien tendrá que ser decisiva para su propio existir. Porque de la misma manera que la luz del sol ilumina el mundo verdadero, la idea del bien es la idea dominadora del hombre y su sentido, o sea su destino. Platón intuyó con esto un mundo teórico que nunca hasta él había sido concebido como fuerza sustentadora del universo y que se convierte así en la fuente de la existencia. Pero si, como decimos, los seres participan de las ideas, parte o reflejo del Bien está en nosotros. Precisamente, por esa participación, tendemos a él. Dicha tendencia se concreta en el concepto de imitación (mimesis). En nuestra vida diaria funciona como una estructura importante e implica, en principio, tres cosas:

1. El reconocimiento de que hay un ser, que se nos aparece superior y estimable.

2. Un impulso que nos lleva a ser como él.

3. La seguridad de que nuestro ser se hace mejor en ese acto de aproximación a ese modelo.

El concepto de imitación, que tendrá su desarrollo en el arte y en la teoría estética, adquiere en Platón ese carácter dinámico y «personal». No se trata ya de imitar objetos cuyo aspecto reproducimos, como hacen los artistas, sino que imitamos en nuestra vida a un modelo que hemos encontrado en ella.

Aunque el concepto de imitación aparece, como tal modelo teórico, en el mundo homérico, sus héroes son modelos humanos, paradigmas, que la fama transmite en los versos de los poemas que los ensalzan. Un mundo «ideal» que, en cierto sentido, presagia y anticipa la teoría platónica de las ideas. Y, de alguna forma, esta imitación se alimenta del horizonte en el que se encuentra la idea del Bien.

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domingo, 1 de octubre de 2017

El mito de la caverna


Os dejo un video sobre el "mito de la caverna" de Platón tan claro como didáctico, que confío os sirva para entender mejor su significado. Y tened bien presente que cuando Glaucón exclama: ¡Qué extraños prisioneros!, Sócrates le responde: "Iguales que nosotros". Tal vez sea ya hora de empezar a andar el escarpado camino de la liberación de la ignorancia que, según Platón, nos encadena del mismo modo que a los prisioneros que habitaban el fondo de la caverna.

Sócrates según Hannah Arendt


Para que entendáis mejor cuál fue la labor de Sócrates y el porqué de la admiración platónica por él, os cuelgo un texto que está extraído de un libro de Maite Larrauri titulado “La libertad según Hannah Arendt”. Hannah Arendt fue una filósofa contemporánea, discípula de Martin Heidegger, muy preocupada, como Sócrates y Platón, por la política. Por eso hizo una interesante reflexión sobre la figura de Sócrates que Maite Larrauri recoge en este fragmento de su libro. Es de muy fácil lectura y en él se explica por qué Sócrates se comparaba a sí mismo con un tábano, con un pez torpedo y con una comadrona.

Sócrates visto por Hannah Arendt

“La actividad y la vida de Sócrates se desarrollan en la plaza pública. Sócrates se interroga sobre las palabras comunes con las que los ciudadanos intervienen en el espacio político: ¿qué es la valentía?, ¿qué es la justicia?, ¿qué es la piedad? Su cuestionamiento consiste en una puesta en escena a los ojos de quienes ocupan en ese momento determinado el lugar público en el que se desarrolla: la plaza, el gimnasio, los tribunales. Los presentes se constituyen en espectadores de lo que allí sucede, pero no son meramente espectadores pasivos de una representación, sino más bien participantes de una performance, en un doble sentido: se trata efectivamente de una realización, como performances son una obra teatral, una danza o un concierto; pero al mismo tiempo son realizaciones con participación activa del público, que acaba igualmente siendo parte del espectáculo.

Arendt recuerda los tres personajes con los que se ha querido comparar la actuación de Sócrates: con un tábano, con un pez torpedo, y con una comadrona.

Un tábano es un bicho molesto; cuando se te coloca encima, no te puedes librar de él. Sócrates puede llegar a ser como ese moscardón, molestando con sus preguntas. Además, Sócrates no posee respuestas para las preguntas que formula porque no defiende ninguna doctrina, no se dedica a difundir verdades filosóficas, sino que empuja a quienes le escuchan a ser más verdaderos, esto es, a no vivir irreflexivamente. Una vida sin reflexión –decía Sócrates– no tiene ningún valor. Los diálogos que entabla con sus conciudadanos son circulares, no llegan a resultados tangibles y, si lo hacen, no es sino para volver a empezar al día siguiente.

Imaginemos que en un lugar público algunas personas estuvieran discutiendo acerca de las casas que se construyen en los barrios de crecimiento de la ciudad: si deberían construirse así, si tiene sentido hacer zonas ajardinadas interiores, si son hermosas, si es mejor adosados que grandes edificios… La pregunta socrática, en medio de toda esa discusión, sería: ¿qué es una casa? Una pregunta impertinente para los que dan por supuesto que saben de lo que hablan, y más impertinente, si cabe, cuando Sócrates comienza a desmontar las frases hechas con las que le responden.

El tábano, en el segundo acto, se convierte en un pez torpedo, un animal que paraliza por contacto. Sócrates transmite con sus preguntas un imperativo: “¡Detente y piensa!”. La perplejidad en la que sume a los demás a través de sus interrogaciones tiene que provocar efectivamente una parálisis, puesto que se deshacen algunos significados evidentes con los que la vida discurre sin problemas. En realidad, la parálisis es el inicio de una gran actividad mental.

Hay que ser un excelente artista para llevar a los espectadores del primer acto del tábano al segundo del pez torpedo, porque si no hacen ese tránsito, y si los que se ven aguijoneados por el tábano no terminan paralizados por el pez torpedo, pueden llegar a conclusiones cínicas, como le sucedió a Alcibíades: ya que no podemos saber qué es la piedad, seamos impíos.

Al contrario de lo que le pasa a Alcibíades, se trata de conseguir que el viento del pensamiento se levante y descongele el significado de “piedad”, o como en el ejemplo, el de “casa”. Y entonces empezaremos a pensar en lo que han sido las casas: un lugar de acogida, un espacio en el que crecer, un hogar propio en el que escondemos nuestros recuerdos, el sitio al que regresamos, y muchas cosas más.

Pero, de nuevo, hay que salir de esta etapa en la que tan sólo pensamos, porque el mundo en el que vivimos exige en algunos momentos decisión y acción. Si nos quedáramos paralizados en el pensamiento, aun cuando cierto es que no cederíamos a la moda fácilmente, o a los caprichos de los arquitectos, tampoco sabríamos qué casa queremos.

Hay que llegar, pues, al tercer acto, el de la comadrona. Sócrates decía que había heredado ese arte de su madre, sólo que él no traía al mundo niños, sino opiniones. Su papel no es resolver el enigma, sino ayudar a que cada uno aprenda a sacar de sí mismo su propia opinión. Es la mayéutica, el arte de hacer pensar a uno mismo por sí mismo.

Ahora bien, en este punto debemos ser muy cuidadosos. Por un lado, nos podemos dejar llevar por una aparente facilidad y no entender el mérito de la mayéutica, ya que dar una opinión no parece tan complicado: es lo que continuamente hacen muchas personas incluso cuando no se les pregunta o la ocasión no lo requiere. Pero, según Arendt, esto a lo que tan rápidamente llamamos opiniones no son sino prejuicios, efectivamente siempre a mano para ofrecer una respuesta ya hecha. Y, por otra parte, suponiendo que no se responda con la repetición de un prejuicio, sino con una opinión elaborada por quien la emite –eso es un juicio–, hay que saber distinguir si se trata de una opinión veraz, porque, de lo contrario, se corre el riesgo de aceptar que todo vale”.